Granadilla, el pueblo de Cáceres que el agua no consiguió borrar

Hay lugares que se visitan por su belleza y otros que, además, cuentan una historia. Granadilla es de los segundos.

9/1/20265 min leer

Fotografía: vista aérea de Granadilla
Autor: Guiussepi
Licencia: CC BY 4.0
Fuente: Wikimedia Commons

Hay pueblos que desaparecen porque el paso del tiempo acaba con ellos. Otros desaparecen porque sus habitantes se marchan. Y después está Granadilla, un lugar con una historia bastante más curiosa: sus vecinos tuvieron que abandonar el pueblo por la construcción de un embalse que, finalmente, nunca llegó a cubrirlo.

En el norte de la provincia de Cáceres, junto a las aguas del embalse de Gabriel y Galán, se encuentra esta antigua villa amurallada. Hoy podemos caminar por sus calles tranquilas, contemplar sus casas y subir hasta su castillo. Pero cuesta imaginar que, no hace tanto tiempo, Granadilla era un pueblo lleno de vida.

Y precisamente ahí comienza su historia más reciente.

Una historia que viene de muy lejos

Granadilla no nació en el siglo XX. Su historia se remonta muchos siglos atrás y está ligada a su posición estratégica.

La localidad fue conocida antiguamente como Granada, hasta que pasó a llamarse Granadilla para diferenciarla de la ciudad andaluza.

Durante la Edad Media llegó a adquirir una notable importancia. Su situación, en una zona de paso entre diferentes territorios, hizo que tuviera un papel defensivo y estratégico.

Todavía hoy sus murallas recuerdan aquella época.

La villa fue creciendo alrededor de su recinto amurallado y, con el paso de los siglos, se convirtió en el centro de la vida de numerosas familias de la zona.

Pero la historia tenía preparado un cambio radical.

El día que el agua cambió el destino del pueblo

A mediados del siglo XX comenzó a construirse el embalse de Gabriel y Galán.

El proyecto iba a transformar completamente el paisaje y afectaría a las tierras de Granadilla. El pueblo quedó incluido en el proceso de expropiación y sus habitantes tuvieron que abandonar sus casas.

Para quienes vivían allí no se trataba simplemente de cambiar de domicilio.

Era dejar atrás sus casas, sus tierras, sus recuerdos y el lugar donde habían vivido generaciones de familias.

Poco a poco, Granadilla fue quedándose sin vecinos.

Finalmente, en 1964 se marcharon sus últimos habitantes.

El pueblo quedó vacío.

Pero ocurrió algo inesperado

Aquí aparece una de las grandes curiosidades de Granadilla.

Todo aquel proceso se había producido porque se pensaba que el embalse podía afectar directamente a la localidad.

Sin embargo, cuando las aguas ocuparon el valle, ocurrió algo sorprendente:

Granadilla no quedó inundada.

El pueblo permaneció por encima del nivel máximo del embalse.

Es decir, sus habitantes habían tenido que marcharse de un lugar que, en realidad, continuaría existiendo.

Quizá sea esta una de las partes más tristes y a la vez más fascinantes de su historia.

Desde entonces, Granadilla permaneció durante años prácticamente abandonada.

Un pueblo detenido en el tiempo

Durante mucho tiempo, Granadilla fue un lugar vacío.

Las casas fueron deteriorándose y las calles quedaron en silencio.

Pero sus murallas continuaban en pie y el castillo seguía dominando el paisaje.

Con el paso de los años comenzó una nueva etapa.

Granadilla fue declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1980, y posteriormente pasó a formar parte del programa de recuperación de pueblos abandonados.

Gracias a diferentes trabajos de rehabilitación, muchas de sus construcciones pudieron conservarse y el pueblo recuperó parte de su aspecto.

Hoy ya no es un pueblo habitado como lo fue antiguamente, pero tampoco es una ruina olvidada.

Es un lugar que se puede visitar y que permite conocer una parte muy particular de la historia rural de Extremadura.

El castillo que vigila el embalse

Si hay una construcción que domina Granadilla es su castillo.

Fue levantado en el siglo XV y está formado por una gran torre central acompañada de varias torres semicirculares.

Su aspecto resulta impresionante cuando se contempla desde las calles de la villa.

Pero lo realmente especial está arriba.

Desde el castillo se puede observar prácticamente toda Granadilla y, más allá de sus murallas, el enorme paisaje del embalse de Gabriel y Galán.

Es fácil quedarse unos minutos simplemente mirando.

Agua, montañas, murallas y un pueblo que parece haberse quedado fuera del paso del tiempo.

Las murallas cuentan otra historia

Granadilla conserva buena parte de su recinto amurallado.

Caminar por ellas ayuda a comprender la importancia que tuvo la villa siglos atrás.

Desde arriba también se puede apreciar algo que no siempre resulta evidente cuando se pasea por sus calles: la relación entre el pueblo y el agua.

El embalse rodea buena parte del antiguo término y ha cambiado completamente el paisaje que durante siglos conocieron sus habitantes.

Es una imagen difícil de olvidar.

¿Cómo era la vida antes del abandono?

Quizá una de las cosas más interesantes de visitar Granadilla sea intentar imaginarla cuando estaba habitada.

En sus calles había vecinos que iban y venían, niños jugando, animales, comercios y familias que trabajaban las tierras.

Las casas no eran piezas de un museo.

Eran hogares.

Aquí se cocinaba, se celebraban fiestas, se trabajaba y se discutía sobre las cosas normales de cualquier pueblo.

Por eso, cuando hoy recorremos sus calles tranquilas, resulta inevitable pensar en las personas que tuvieron que marcharse.

Granadilla no es solamente piedra, murallas y un castillo.

También es memoria.

Un lugar diferente dentro de Cáceres

La provincia de Cáceres tiene pueblos preciosos, pero Granadilla juega en otra categoría.

No se visita únicamente por su arquitectura.

Se visita por la historia que hay detrás.

Es uno de esos lugares que hacen que una excursión se convierta en algo más que una simple visita turística.

Aquí puedes conocer una villa medieval, descubrir un castillo, recorrer una muralla y contemplar un embalse.

Pero, al mismo tiempo, puedes conocer la historia de una comunidad que tuvo que abandonar su hogar por una obra que transformó para siempre su paisaje.

Y todo ello sabiendo que el agua por la que tuvieron que marcharse nunca llegó a cubrir el pueblo.

Granadilla hoy

Hoy Granadilla recibe visitantes que llegan atraídos por su historia y por la singularidad de su paisaje.

Las calles se pueden recorrer tranquilamente y el castillo ofrece unas vistas magníficas.

La visita no requiere prisas.

De hecho, creo que es uno de esos lugares que merece la pena recorrer despacio.

Mirar las casas.

Caminar junto a las murallas.

Subir al castillo.

Observar el embalse.

Y, sobre todo, intentar imaginar cómo era Granadilla cuando sus calles estaban llenas de gente.

Una historia que merece ser contada

Granadilla podría haberse convertido simplemente en otro pueblo abandonado.

Pero su historia es mucho más interesante.

Fue una villa medieval importante, tuvo sus propias murallas y castillo, estuvo habitada durante generaciones y finalmente sus vecinos tuvieron que marcharse debido a la construcción de un embalse.

Lo curioso es que el pueblo sobrevivió al agua.

Y quizá por eso Granadilla sigue teniendo algo especial.

Sus calles vacías no hablan solamente de abandono.

Hablan de las personas que vivieron allí.

De las decisiones que cambiaron su destino.

Y de un pueblo que, a pesar de perder a sus habitantes, consiguió conservar buena parte de su identidad.

Si visitas Granadilla…

No te limites a hacer una foto del castillo y marcharte.

Pasea por sus calles.

Detente delante de las antiguas casas.

Recorre sus murallas y sube hasta lo alto del castillo.

Y cuando contemples el embalse, recuerda un detalle que hace que este lugar sea único:

las personas que vivían aquí se marcharon pensando que el agua acabaría cubriendo su pueblo.

El agua llegó.

El pueblo siguió allí.

Y hoy Granadilla continúa esperando, en silencio, a que alguien vuelva a contar su historia.